¡DE CAMINO A IXTLAN!

AAAAAHHHHHHHH¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡ ¡

¿Quién dijo miedooooo?

Aparté con premura los ojos. La pasión de don Genaro, su soledad suprema, me hacían llorar.

Miré a don Juan. Él me observaba.

-Sólo como guerrero se puede sobrevivir en el camino del conocimiento -dijo-.

Porque el arte del guerrero es equilibrar el terror de ser hombre con el prodigio de ser hombre.

Contemplé a los dos, uno por uno. Sus ojos eran claros y apacibles. Habían invocado una oleada de nostalgia

avasalladora y, cuando parecían a punto de estallar en apasionadas lágrimas, contuvieron la marea.

Creo que, por un instante, vi.

Vi la soledad humana como una ola gigantesca congelada frente a mí,

detenida por el muro invisible de una metáfora.

Mi tristeza era tanta que me sentí eufórico. Abracé a los dos.

Don Genaro sonrió y se puso en pie. Don Juan también se levantó, y colocó suavemente la mano en mi hombro.

-Vamos a dejarte aquí -dijo-.

Haz lo que te parezca correcto. El aliado te estará esperando al borde de aquel llano.

Señaló un valle oscuro en la distancia.

-Si todavía no sientes que sea tu hora, no vayas a la cita -prosiguió-. Nada se gana forzando las cosas. Si

quieres sobrevivir, debes ser claro como el cristal y estar mortalmente seguro de ti mismo.

Don Juan se alejó sin mirarme, pero don Genaro se volvió un par de veces y, con un guiño y un movi miento de

cabeza, me instó a avanzar.

Los miré hasta que desaparecieron en la distancia y luego fui a mi coche y me marché. Sabía que aún no había llegado mi hora.

Maria Jesús Llanos.

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