Alegato en favor del humano

El texto que viene a continuación es un pedacito de la obra de “El manantial”, novela escrita por Ayn Rand en 1943. Este alegato en favor del humano es un resumen del alegato final del arquitecto, protagonista de la obra, ante sus jueces.

“Hace miles de años el hombre descubrió la forma de encender el fuego. Probablemente se quemó, al exponerse a enseñar a sus hermanos la manera de hacerlo. Se le consideró una persona perversa que había tenido tratos con el demonio para aterrorizar a la humanidad. Pero, desde entonces, los hombres han encendido el fuego para calentarse, para cocer sus alimentos, para iluminar sus cuevas. Les había dejado un don que ellos no habían concebido y había alejado la oscuridad de la tierra. Siglos más tarde un primer hombre inventó la rueda. Probablemente sería martirizado en el aparato que había enseñado a construir a sus hermanos. Se le consideró un transgresor que se había aventurado en territorio prohibido. Pero desde entonces los hombres pueden viajar recorriendo todos los horizontes. Les dejó un don que ellos no habían concebido y abrió los caminos de la tierra. Ese hombre, rebelde e iniciador, está en el primer capítulo de cada leyenda que la humanidad ha realizado desde sus principios. Desde a Adán cualquiera que sea la leyenda, donde quiera que estén las sombras de su memoria, la humanidad ha sabido que su gloria ha comenzado con uno de esos hombres y que éste pagó muy cara su valentía. A través de los siglos ha habido hombres que han dado pasos en caminos nuevos sin más armas que su propia visión. Sus fines serán diferentes, pero todos ellos tenían esto en común: el paso inicial, el camino nuevo, la visión propia y la respuesta que recibían: odio. Los grandes creadores, los pensadores, los artistas, los hombres de ciencia, los inventores han estado solos contra los hombres de su época. Todo pensamiento nuevo ha constituido una oposición. (…) Pero los hombres de visión propia continuaron adelante. Lucharon, sufrieron y pagaron su grandeza, pero vencieron.

Ningún creador ha sido impulsado por el deseo de servir a sus hermanos, porque sus hermanos rechazaban el don que les ofrecía y ese don destruía la rutina perezosa de sus vidas. Su verdad fue el único móvil. (…) Le interesaba la creación, no sus consumidores. (…) El creador no sirve a nada ni a nadie. Vive para sí mismo. Y solamente viviendo para sí mismo ha sido capaz de realizar esas cosas que son la gloria del género humano.

Su visión, su fuerza, su valor, procedían de su propio espíritu. El espíritu del hombre es, sin embargo, su propio ser. Esa entidad que constituye su conciencia. Pensar, sentir, juzgar, obrar son funciones del yo. Los creadores no eran altruistas. (…).

Desde la necesidad más simple hasta la abstracción religiosa más alta, desde la rueda hasta el rascacielos, todo lo que somos y todo lo que tenemos procede de un solo atributo del hombre: la función de su mente. Pero la mente es un atributo del individuo. No existe una cosa tal como un cerebro colectivo. No hay una cosa tal como el pensamiento colectivo. Un acuerdo realizado por un grupo de hombres es sólo un compromiso o un promedio extraído de muchos pensamientos individuales. Es una consecuencia secundaria. El acto primario, el proceso de la razón debe ser ejecutado por cada hombre solo. Podemos dividir una comida entre muchos hombres, pero no podemos digerirla con un estómago colectivo. Ningún hombre puede usar sus pulmones para respirar por otro hombre. Ningún hombre puede usar su cerebro para pensar por otro. Todas las funciones del cuerpo y del espíritu son privativas. No pueden ser compartidas ni transferidas. (…)

Esta facultad creadora no se puede dar o recibir, participar o conceder en préstamo. Pertenece al hombre solo, al individuo. Lo que él crea es propiedad de su creador. Los hombres aprenden el uno del otro, pero todo estudio es solamente intercambio de material. Ningún hombre puede darle a otro su capacidad de pensar.

El creador produce, el parásito toma en préstamo. El interés del creador es la conquista de la naturaleza. El interés del parásito es la conquista del hombre. Su fin esencial está en sí mismo. El parásito vive de segunda mano. (…)

Ningún hombre puede vivir para los otros. No puede compartir su espíritu como no puede compartir su cuerpo. Pero el que necesita de otro se vale del altruismo como una arma de explotación e invierte la base de los principios morales del género humano. Se les ha enseñado a los hombres los preceptos para destruir al creador y se les ha enseñado la dependencia como virtud. El hombre que intenta vivir para los demás es un dependiente. Es un parásito en el móvil y hace parásitos a los demás a quienes sirve. La relación no produce más que corrupción. Es absurda como concepto. (…)

Los hombres han aprendido que la virtud más alta no es realizar, sino dar. Sin embargo, no se puede dar lo que no ha sido creado. La creación es anterior a la distribución, pues, de lo contrario, no habría nada que distribuir. La necesidad de un creador es previa a la de un beneficiario. Sin embargo, se nos ha enseñado a admirar al imitador, que otorga dones que él no ha producido. Elogiamos un acto de caridad y nos encogemos ante un acto creador. A los hombres se les ha enseñado que su primera preocupación debe consistir en aliviar el sufrimiento de los demás. Pero el sufrimiento es una enfermedad. Si uno tiene ocasión debe tratar de dar consuelo y asistencia, pero hacer de eso el más alto testimonio de virtud es considerar el sufrimiento como lo más importante de la vida. Entonces el hombre desea ver sufrir a los demás para poder ser virtuoso. Tal es la naturaleza del altruismo. Un creador no tiene interés en la enfermedad, sino en la vida.

Necesita de los demás. Los demás llegan a ser su móvil esencial. La necesidad básica del creador es la independencia. La mente que razona no puede vivir bajo ninguna forma de compulsión. No puede ser reprimida, sacrificada, subordinada a ninguna consideración, cualquiera que sea. Exige una independencia total en su función y en su móvil. Para un creador todas las relaciones con los hombres son secundarias. La necesidad básica del que necesita de otro es asegurarse los vínculos con los hombres para poder nutrirse. Coloca ante todo las relaciones. Declara que el hombre existe para servir a los otros. Predica altruismo. El altruismo es la doctrina que exige que el hombre viva para los demás y coloque a los otros sobre sí mismo. (…)

Sin embargo, la obra de los creadores ha eliminado una enfermedad tras otra, en el cuerpo y en el espíritu del hombre, y ha producido más alivio para el sufrimiento que lo que cualquier altruista pudo nunca concebir. A los hombres se les ha enseñado que estar de acuerdo con los otros es una virtud. Mas el creador es un hombre que disiente. A los hombres se les ha enseñado que nadar con la corriente es una virtud. Pero el creador es el hombre que nada contra la corriente. A los hombres se les ha enseñado que estar juntos constituye una virtud. Pero el creador es el hombre que está solo. A los hombres se les ha enseñado que el ego es el sinónimo del mal y el altruismo es el ideal de la virtud. Pero el creador es un egoísta en sentido absoluto y el hombre altruista es aquel que no piensa, no siente, no juzga, no construye. La elección no debe ser el sacrificio de uno mismo o la dominación. La elección es independencia o dependencia. El código del creador o el código del imitador. Éste es el problema básico.(…)

El creador no existe para ningún otro hombre y no le pide a ningún otro hombre que exista para él. Ésta es la única forma de fraternidad y de respeto mutuo posible entre los seres humanos. La independencia es la regla para medir la virtud y el valor humanos. (…)

Aquellos de ustedes que no comprendan esto forman parte de los hombres que están destruyendo el mundo.No reconozco obligaciones hacia los hombres, excepto una: respetar su libertad y no formar parte de una sociedad esclava.”

Ángeles Montero

Profesora del equipo de Antiterapia

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